Racismo y capitalismo
Escribe: Daniel Mathews
Aparentemente el capitalismo se basa en la explotación de la clase trabajadora y nada más que en ella. Pareciera que podría haber capitalismo sin racismo, o capitalismo verde, o democracia capitalista. Pero ¿cómo funcionaría el capitalismo si no hubiera personas con menos derechos? ¿o cómo si la vida, la naturaleza, nuestros cuerpos inclusive dejaran de ser mercancía? ¿o con un gobierno basado en la organización popular? Basta hacer las preguntas para saber que el capitalismo es un sistema integrado.
Quien se queda en las apariencias pensará que el asesinato de indígenas es porque el gobierno es malo, muy malo. Y hay muchas razones para decir que sí, que tenemos el peor de los gobiernos. Pero si vemos la historia de los gobiernos anteriores nos damos cuenta que el asesinato se repite una y otra y otra vez. Si salimos de nuestras fronteras podemos ver como todo un país, el Wallmapu, la tierra mapuche, fue destruido por la fuerza conjunta de Chile y Argentina. Mientras los ejércitos criollos invadían el territorio indígena los embajadores de sus respectivos países regalaban tierras, pasaje y dinero para invertir a europeos desocupados que debían venir a “mejorar la raza”. En las últimas elecciones chilenas pasaron a segunda vuelta dos personajes con apellido alemán: Boric y Kast. El apellido Milei es de origen italiano.
La “independencia” de América debe contar como una segunda invasión. Lo dice el propio Bolívar cuando señala que “nuestros derechos son los de Europa” y dice que “se los tenemos que imponer a los originarios”. En realidad, no fueron dos proyectos sino tres los que se enfrentaron en la independencia. El español de quedarse, el criollo de ser los continuadores de España y el de una serie de rebeliones indígenas y negras que son casi todas derrotadas con la excepción de Haití.
Si seguimos retrocediendo veremos que la invasión europea del Abya Yala fue un genocidio, más grave aún que el que se está perpetuando contra el pueblo palestino. Y ya que mencionamos al pueblo palestino podemos recordar que ese calificativo de “animales humanos”. El exembajador de Israel ante la ONU Dan Gillerman describió a los palestinos como "animales horribles e inhumanos" en una entrevista televisada. Esto, que nos aterroriza hoy, no es nuevo. en el debate que se produjo a mediados del siglo XVI sobre la legitimidad de la invasión de nuestro continente y el trato que correspondía conceder a sus habitantes Juan Ginés de Sepúlveda ya había dicho algo similar. El debate con De Las Casas se desarrolló sobre todo en la Junta de Valladolid en los años 1550-51. Desde ahí se ha venido repitiendo el argumento una y otra vez. De un tiempo a esta parte ya no se usa el tema étnico sino el cultural, el imperialismo “nos trae cultura” a los “pueblos incivilizados” que “deberíamos estar agradecidos”. Pero el tema es muy parecido: pueblos humanizados, pueblos animalizados.
Por esto es que hay quienes creen que el tema es “cultural”. Hay incluso compañeros que le quitan valor a la lucha contra el racismo o el feminismo porque suponen que el “énfasis en lo cultural” abandona el “proyecto materialista del marxismo” centrado en las cuestiones de equidad y redistribución económica. Esto no es del todo exacto por varios motivos. En primer lugar, porque nuestro proyecto no es solo de redistribución económica. El sistema de producción burocrático -que algunos llamaron “socialista”- justificaba la opresión política por los avances estatales en educación y salud. No queremos desviarnos del tema en uno que necesitaría mayor desarrollo, pero baste decir que ese no es nuestro proyecto. Seguimos, con el Manifiesto Comunista, proponiendo una “asociación libre de productores” y eso no se logrará con el racismo.
En segundo lugar, porque, como bien critica Butler, lo “meramente cultural” no existe. La filosofía de la praxis ha borrado la distinción aparentemente estable entre la vida material y distinción aparentemente estable entre la vida material y cultural. No podemos ignorar los aportes realizados desde las distintas corrientes del materialismo cultural, por ejemplo, las de Raymond Williams, Stuart Hall y Gayatri Chakravorty Spivak. La “ortodoxia marxista” que centra todo el pensamiento crítico en lo dicho hace dos siglos por nuestro querido filosofo alemán nos hace recordar esa frase tan suya “lo único que sé es que no soy marxista”.
Pero, por otro lado, Marx nunca propuso lo “cultural” como algo de menos valor. Justamente es desde el pensamiento de Marx que podemos entender las relaciones sociales (la sexualidad, la raza, la capacidad, etc) como necesarias todas ellas para la acumulación capitalista, y por tanto para la perpetuación de la sociedad burguesa. Lo que aparentaba ser una serie de diminutos fragmentos, inconexos entre sí con Marx se convierte en un todo sistemático que aspiramos a transformar.
Un error en sentido contrario es el de quienes recusan el marxismo porque supuestamente no trata el tema de la división en razas que debería ser central. Es el caso de Anibal Quijano. Pareciera que es una crítica en realidad a su propia lectura del marxismo, aquella que le impidió entender la novela de Arguedas. Marx es muy claro en El Capital en señalar la importancia de la explotación de indígenas y negros en la "acumulación primitiva de capital". El capitalismo nace a partir de la derrota, expropiación y transformación económica de las sociedades colonizadas de Abya Yala, África y la India:
El descubrimiento de oro y plata en América, la extirpación, esclavización y enterramiento en minas de la población indígena de ese continente, los comienzos de la conquista y saqueo de la India, y la conversión de África en un coto para la caza comercial de pieles negras, son todas cosas que caracterizan el amanecer de la era de la producción capitalista. Estos procedimientos idílicos son los principales momentos de la acumulación primitiva.
Está claro que el “amanecer de la era de la producción capitalista” no se da en Europa sino en lo que algunos llaman “el sur”. Dicho sea de paso ¿por qué “el sur”? solamente porque los europeos hicieron el primer mapa y se pusieron arriba y al centro. El mundo en perpetua rotación no tiene sur fijo.
Continuando con el análisis Marx nos señala que esta “extirpación, esclavización y enterramiento” fue particularmente cruel en la India y en Abya Yala. Aunque no menciona el Perú sino México hay que considerar las similitudes en los dos países
El tratamiento de la población indígena fue, por supuesto, más espantoso en las colonias de plantación creadas exclusivamente para el comercio de exportación, como las Indias Occidentales, y en países ricos y bien poblados, como México y la India, que fueron entregados al saqueo
Ese es el origen del enfrentamiento entre minería y agricultura que se mantiene hasta nuestros días. El error de Marx fue no percibir esa continuidad en el tiempo. La acumulación de capital basada en la expropiación de los indígenas no solo no ha terminado, sino que no podría hacerlo. Para subsistir el capitalismo necesita seguir devorando nuevos territorios.
El enfrentamiento entre agricultura y minería se da en dos planos. Por un lado, el que podríamos llamar “político-económico”, la defensa de sus tierras por parte del campesinado con grandes movilizaciones. Por el otro el plano “cultural”. Y nuevamente nos damos cuenta que hay un entrecruzamiento de lo uno con lo otro. Alan García llamó perros del hortelano a nuestros pueblos originarios entre otras cosas por defender “el tabú de ideologías superadas” que ven la tierra como sagrada. Para él lo sagrado y lo moderno era el capital y la propiedad privada. Pero, al sacralizar la naturaleza, lo que hacen los indígenas es reconocer que nuestra vida depende de ella.
Ese pensamiento ecológico está en la raíz de casi todas las culturas, quizá con la única excepción de la europea capitalista. Lo vemos, por ejemplo, en la novela filosófica Risala Hayy ibn Yaqzān fi asrar al-hikma al-mashriqiyya (Carta de Hayy ibn Yaqzān sobre los secretos de la sabiduría oriental) del letrado andalusí Ibn Tufail (1105-1185). La idea central de esta obra es que la plena realización de la condición humana estriba en comprender la dinámica de su propia evolución y la responsabilidad que le incumbe de proteger la vida en la Tierra. El capitalismo nos ha expropiado no solo las tierras sino los conocimientos. Esta novela no es parte de los estudios académicos ni en literatura ni en filosofía.
Estamos sosteniendo que para subsistir el capitalismo necesita seguir devorando nuevos territorios. Esto lo podríamos haber dicho en cualquier momento de los últimos cinco siglos. Pero hoy es más grave que nunca. Tenemos en curso 52 guerras, todas ellas en los países periféricos, todas ellas con alguna injerencia rusa o norteamericana. Vemos como Trump y Putin van a resolver entre ellos el futuro de Ucrania sin consultar con los ucranianos. Y una y otra vez nos repiten el argumento: “hay que llevar cultura a los pueblos barbaros”. El racismo puede terminar con el mundo. Acabemos con el racismo. Acabemos con el capitalismo.